sábado, 15 de marzo de 2008

aislamiento vacacional

No sabe de la guerra, de los mares, del color
de mis humores.
Tampoco conoce a Rimbaud, ni a Stravinski
a los hijos de mis hijos.
En la ignorancia de su tumor
redondea las esquinas de mis frases
y las convierte en papiroflexia grandilocuente.
Rumia mis poemas como un cordero amaestrado
y fuma tabaco de vainilla porque le recuerda
al líquido sinovial de mis rodillas.

A menudo paseábamos descalzos desnudos desamparados
con las manos llenas de anhelos.
Me tenía como a una deidad ubicua.
Así que prometí trazar en sus dedos
las armas necesarias para enfrentarse a una vida.

Meses más tarde él me olvidó
dibujó una línea divisoria
en el eje medular de nuestra cama.
Siempre supo algo más que yo:
cómo contaminar un corazón de su color.
Porque el dolor
se enfrasca en botes individuales
y se lanza como un puñal hipócrita
(por la espalda)

*

1 comentario:

Alicia Calero Cervera dijo...

No siempre la ignorancia da la felicidad.